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jueves, 5 de septiembre de 2019

Blanca Fernández Ochoa, la esquiadora que detestaba el frío

Su nombre, Blanca, parecía ya una pequeña profecía. Lo suyo tenía que ser la nieve. Y aunque no le gustaba pasar frío, la montaña acabó catapultándola a la fama: entre otros éxitos, ganó cuatro pruebas de la Copa del mundo de esquí y se colgó una medalla olímpica, el bronce en el slalom de Albertville 1992. Pero una vez que se bajó de los esquís, otro slalom empezó a dibujar su vida. Idas y vueltas sinuosas.



Blanca Fernández Ochoa creció en la estación de Cercedilla, en la sierra de Madrid, el mismo lugar en el que ha aparecido hoy su cuerpo sin vida. Ahí se puso por primera vez unos esquís y después fue perfeccionando la técnica en centros de alto rendimiento hasta convertirse en una deportista de talla mundial.

Blanca triunfó en la misma disciplina en Albertville (Francia), en 1992. Entonces logró el bronce y se convirtió en la primera mujer española en conseguir una medalla en unos Juegos Olímpicos de Invierno. Un éxito que llegó después de lo esperado. Cuatro años antes, en los Juegos celebrados en Calgary (Canadá), el oro estuvo al alcance de su mano, pero en la segunda manga perdió el control del esquí interior y cayó. Blanca lloró y con ella lloró todo el país, igual que celebró después la medalla de otra Fernández Ochoa, de una familia que se había ganado el cariño y el respeto de la gente.

Blanca quería haber estudiado veterinaria, pero tantas horas dedicadas al deporte no se lo permitieron. La suya no fue una infancia normal. Lloraba en el internado al que la enviaron con 11 años en el Valle de Arán. Sufría lejos de su familia, pero comprendió que su destino estaba en deslizarse por la nieve.

Nunca le gustó el frío ni esquiar, Blanca lo llegó a definir como una “obsesión impuesta”. Cuando entró por la puerta del internado de Viella siendo una niña apenas sabía deslizarse. Pero su familia intuía que la pequeña Blanca podía llevar el gen ganador de Paquito, su hermano mayor. Y no les faltaba razón. Al final acabó disfrutando de la competición, de lanzarse montaña abajo a más de 100 kilómetros por hora. “Necesito adrenalina, soy una mujer que necesita sensaciones fuertes”, decía.


Entonces afirmó que el esquí le gustaba para practicarlo con su gente, con sus hijos, aunque a veces lo hacía con empresas en programas de incentivos. La familia tuvo una tienda dedicada a este mismo deporte que tuvo que cerrar; Blanca se apasionó por el golf y se dedicó a organizar circuitos verdes en lugar de blancos; también ha ejercido como entrenadora de electroestimulación... Pero de todas estas idas y venidas, lo que quizá más sorprenda es su participación en programas de televisión de formato reality: en La selva de los famosos, en Splash, famosos al agua y en otros formatos emitidos en la televisión vasca como El conquistador del Aconcagua y El conquistador del fin del mundo. Su argumento para justificarlo retrata su personalidad: “No sé decir no cuando me plantean un reto”.

Después de retirarse, Blanca dedicó entonces su tiempo a una tienda familiar de esquí en Cercedilla. Pero la crisis les obligó a echar el cierre, así que Blanca abrió un negocio de electroestimulación muscular y se involucró en la organización de torneos de golf. Combinaba esos quehaceres con participaciones esporádicas en televisión. Era un rostro conocido para el público y se dejó ver por programas como La Selva de los famosos, Splash o El conquistador del Aconcagua. “No digo que no a nada”, dijo en Antena 3 antes de lanzarse desde un trampolín de cinco metros en Splash.

El 18 de julio de 1991 se casó en el monasterio de San Lorenzo del Escorial con el italiano Danielle Fioretto. Él también era esquiador, fue su entrenador y se conocieron cuando la deportista española tenía solo 14 años y ambos se deslizaban por las pistas de Suiza. Aquel matrimonio no duró mucho y llegó el divorcio. Fernández Ochoa volvió a contraer matrimonio con David Fresneda, el padre de sus dos hijos, David y Olivia, de quien también se separó hace años de forma no especialmente amistosa.

Los dos hijos de la medallista olímpica están volcados en el deporte, como es tradición familiar. Ambos han practicado baloncesto, esquí, vóley… , pero desde que el rugby se cruzó en su camino se volcaron en esta especialidad. Olivia, que con 20 años estudia Medicina y es jugadora internacional con el equipo español de rugby a 7, fue precisamente el motivo por el que su madre volvió a aparecer en los medios de comunicación, cuando el pasado mes de abril acudió a apoyarla en una competición y habló sobre lo orgullosa que estaba de ella y de sus aspiraciones a ser olímpica en Tokio 2020. Ellos han sido el centro de su vida familiar, que sigue conservando ese aire de piña con el que se conocía a los Fernández Ochoa cuando estaban en la cresta de la ola.

Si sentimentalmente la vida no sonrió a la primera chica de esta numerosa familia, después de los éxitos deportivos su vida profesional también fue cambiante. Cuando consiguió la medalla, el esquí pasó a un segundo plano, casi le provocó cierta aversión y ella misma confesó que pasó varios años sin calzarse unos esquís. “Acabé quemada”, dijo en una entrevista con este periódico en 2014, “a mí lo que me gusta es el golf”. El esquí, que empezó como un juego, se convirtió en el centro de una vida que la alejó desde muy niña de la vida que quería: “Recuerdo una infancia muy dura”, dijo entonces. “Fui seleccionada para el equipo español de promesas y me enviaron con 11 años interna a un colegio en Viella, en el valle de Arán. Alejada de mis padres, de mi casa, de mis amigos. Lo pasé francamente mal, lloré mucho, hasta que arranqué y empecé a vivir”.

Desde el pasado 23 de agosto Blanca Fernández Ochoa estaba desaparecida. El cariño de la gente por ella y su familia siguió intacto como ha demostrado el número de voluntarios que se presentaron a ayudar en los efectivos de búsqueda que batían la sierra madrileña. Sus familiares descartaron otra cosa que no fuese un accidente, aunque fuentes próximas a la investigación aseguraron que la medallista olímpica vivía una situación "un poco precaria". La deportista vivía con su hermana Lola, en Aravaca, porque acababa de vender su casa en Las Rozas, y cuando se percataron de su ausencia avisaron a su hija Olivia, de 20 años, que dijo a la familia que su madre había decidido irse "cuatro días a la montaña, al norte". Unas declaraciones a las que se agarraron, hasta que se resolviese su desaparición, fueron las que realizó Coral Bistuer, deportista de taekwondo y amiga personal de Blanca, que manifestó que cuando habló con ella hace unos meses le dijo que "estaba pasando el eslalon más difícil de su vida, pero que lo iba a ganar”.

“Me gusta la montaña y siempre que puedo me escapo”, solía decir la medallista olímpica. Ahí, en la montaña, Blanca lo encontró todo.

sábado, 24 de agosto de 2019

Canarias eterna

Del fuego naciste
y con el fuego mueres.

Años de vida
se consumen en horas.

Lucha por tu vida
que la muerte no dura.

Resurge de tus cenizas 
y vuelve a la vida.

Tus árboles volverá a crecer
y los pájaros volarán de regreso.

Reemplaza con verdor
lo que el fuego tornó en negro.

La muerte solo durará un instante.



domingo, 28 de julio de 2019

¿Qué es un monólogo interior?

El monólogo interior es una de las formas en las que podemos narrar. Para que veas en qué consiste, lo mejor es que leas un ejemplo. El que sigue es un fragmento de la novela Ulysses, de James Joyce, de la que seguramente habrás oído hablar:

… y la noche que perdimos el barco en Algeciras y el guardia de un sitio para otro sereno con su farol y O aquel abismal torrente O y el mar el mar carmesí a veces como fuego y las puestas de sol gloriosas y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas aquellas callejuelas extrañas y las casas de rosa y de azul y de amarillo y las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí.

En un monólogo interior, el texto tiene la forma de secuencia de pensamientos de un personaje, de manera que, al leerlo, se asiste en vivo y en directo a la actividad mental de ese personaje. En el ejemplo, el texto reproduce lo que pasa por la cabeza de Molly Bloom, el personaje femenino principal de la novela.

Cuando el flujo de pensamiento aparece plasmado en texto con el estilo de un escrito convencional, con una cierta elaboración lingüística y de manera que se respeta la ortografía y la gramática, entonces hablamos de un monólogo interior propiamente dicho. Si, en cambio, lo llevamos al extremo, y lo plasmamos en texto sin respetar la gramática, con errores ortográficos, cortando las frases, etc., entonces hablamos, más bien, de flujo de consciencia.


¿Cómo se escribe un monólogo interior?

Los aspectos a tener en cuenta en el momento de escribir un monólogo interior son básicamente tres:

En primer lugar, en lo que respecta al formato de este tipo de discurso, lo propio es escribirlo en un único párrafo, es decir, sin puntos y aparte, ya que se trata de emular un fluir continuo. En el caso extremo, podemos escribirlo sin poner ningún punto y seguido, bien plasmándolo en una única frase que ocupe todo el párrafo, bien en varias frases yuxtapuestas que no delimitaríamos con signos de puntuación ni iniciales mayúsculas ni de ninguna otra manera.

En su modadidad de flujo de consciencia, podemos incluir faltas de ortografía, unir palabras o partirlas en dos, substituirlas por cifras, abusar de las interjecciones, cambiar de tema a mitad de una frase, etc.,

En lo que respecta al contenido, un monólogo interior no es una comunicación más o menos estructurada de unos hechos o de unas ideas, sino una secuencia caótica de percepciones, reflexiones, emociones, recuerdos y fantasías en la que, por asociación de ideas o por estimulos exteriores, se salta de un tema a un otro sin ningún orden.

Y en cuanto al destinatario del discurso, es importantísimo que tengas en cuenta que el personaje, en su pensamiento, no se dirige a nadie más que a sí mismo. Al contrario que en una narración convencional en primera persona, el personaje, en un monólogo interior, no le está explicando nada ni a una audiencia ni a un lector, ni siquiera se lo está explicando a sí mismo, con lo que no tiene ninguna necesidad de asegurarse de que su discurso se entienda.

En un monólogo interior nunca habrá incisos explicativos. El personaje, en un monólogo interior, no necesita aclarar nada, porque en realidad no hay una transmisión de información como tal: su discurso surge en su mente y se queda en ella.

Es por este motivo, sobre todo, que no es fácil escribir un monólogo interior, porque estamos acostumbrados a hacer que el narrador explique. En un monólogo interior, no hay ninguna explicación: el personaje no está produciendo su pensamiento para que sea entendible por otra persona, pero nosotros hemos de hacer que sí lo sea, y lo hemos de hacer sin que se note la manipulación. 



¿Cómo incluir un monólogo interior en una narración?

Así como a menudo las novelas se escriben en forma de diario personal o de serie de cartas de principio a fin, difícilmente se puede hacer que una novela esté escrita, toda ella, en forma de monólogo interior. El motivo es el que ya he explicado: el pensamiento no es un medio que se use para transmitir información; sólo los telépatas, si es que existen, lo pueden usar así. El pensamiento permite evocar información e interrelacionarla, sin más.

Lo habitual es que únicamente algunas partes de una narración estén escritas en forma de monólogo interior. Podemos ir narrando en primera persona de la manera convencional y, en los momentos de más introspección del personaje, hacer que la narración tome la forma de su pensamiento.

Por ejemplo, en una novela en la que el personaje explique cómo le acusan de un delito y le condenan a prisión, podemos hacer que en la primera noche que pase en la celda, cuando ya hayan apagado las luces y no se oiga nada, el personaje se ponga a pensar, y entonces exponer en monólogo interior ese pensamiento. Este ejemplo es un fragmento de la novela Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos.

Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté. ¿Por qué? ¿Por qué? Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no fui. No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada.

El paso de un modo narrativo a otro lo podemos hacer de manera que resulte impercetible para el lector, o podemos marcar de alguna manera el inicio y el final del monólogo interior. Por ejemplo, podríamos escribir el monólogo interior en cursiva. También podríamos ponerlo en un capítulo para él solo.