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En un rincón olvidado del mundo, donde el petricor se eleva tras cada lluvia como un suspiro de la tierra, vive un hombre desdichado. Camina sin rumbo, arrastra los pies, evita los espejos y procrastina cada sueño que alguna vez le parece importante.
Una tarde, levanta la vista. Observa a un murciélago que traza círculos rápidos en el cielo crepuscular. Parpadea, se detiene, respira. Algo cambia. Siente un extraño enamoramiento, no por alguien, sino por el instante mismo que ahora lo envuelve.
Recuerda. Ve a su abuela en la cocina, mezcla ingredientes, fríe croquetas doradas, sonríe. Percibe ese sabor excelente que antes ignoraba Comprende que no es solo comida: es la idiosincrasia de su historia, el calor de lo simple, lo que permanece.
Aprieta los puños. Se endereza. Mira alrededor como si el mundo acabara de nacer.
—Gracias —dice en voz alta, dejando que la palabra vibre y exista.
Y entonces actúa. Deja de posponer. Avanza. Decide. Cambia.
Ese instante lo empuja hacia su renacer.
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