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Me despierto con una extraña sensación de calma, como si nada urgente existiera en el mundo. Solo una luz suave se filtra entre hojas densas. El aire es cálido, casi espeso, y se pega a mi piel sin resultar incómodo. Tardo unos segundos en moverme.
Cuando avanzo, lo hago despacio. Mis extremidades se aferran con precisión, como si siempre hubieran sabido cómo hacerlo. No pienso en ello; simplemente ocurre. Todo en este lugar parece regirse por una lógica silenciosa que comprendo sin palabras.
Mis ojos recorren el entorno con independencia. A un lado, un insecto vibra casi imperceptible. Al otro, una profundidad verde se abre sin límites claros. Siento una punzada breve y actúo sin haberlo decidido del todo. El movimiento es rápido, exacto. Después, solo queda el silencio.
Permanezco inmóvil durante un tiempo indefinido. Aquí, la quietud no es ausencia, sino una forma de estar. La luz cambia ligeramente, y con ella algo en mí se adapta. Mi piel absorbe el entorno y se vuelve parte de él. No hay esfuerzo ni duda.
Avanzo de nuevo con una lentitud que no me resulta extraña. Hasta que lo veo. De repente ante mis ojos aparece aquel oscuro objeto, antiguo y arcano, que me recuerda que una vez fui humano.
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