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Amanezco bajo un cielo azul intenso, tan limpio que parece recién pintado. El suelo es firme bajo mis botas y, frente a mí, el camino se abre hacia la derecha entre bloques suspendidos y tuberías verdes. No hay cruces ni señales. Solo avanzo.
El primer Goomba aparece casi de inmediato. Es un champiñón marrón con gesto hosco y pasos decididos. Viene hacia mí sin dudar, como si yo fuera el intruso. No pienso; salto. Caigo sobre su cabeza y siento el crujido seco bajo la suela. Desaparece. El corazón me late rápido, pero sigo caminando. Aquí no hay tiempo para contemplaciones.
Un bloque amarillo con un símbolo extraño flota sobre mí. Salto y lo golpeo con el puño. Sale una moneda brillante que tintinea antes de esfumarse. En el siguiente bloque, en lugar de una moneda, emerge un Superchampiñón rojo con manchas blancas. Se desliza por el suelo, rebota contra una tubería y vuelve hacia mí. Lo recibo sin apartarme.
La transformación me sacude por dentro. Crezco. Mi cuerpo se ensancha y siento la fuerza acumulándose en mis brazos. Respiro distinto, más profundo. Ahora puedo romper bloques de ladrillo y, si algo me golpea, no caeré al primer contacto. Pruebo la nueva fuerza contra un bloque marrón y lo hago estallar en pedazos. La sensación es embriagadora.
Un Koopa Troopa con caparazón verde avanza con paso constante. Salto sobre él. Se repliega en su concha y queda inmóvil un segundo, como si dudara. Empujo sin querer el caparazón y sale disparado hacia adelante, llevándose por delante a un Goomba que no tiene tiempo de reaccionar. El impacto resuena en el aire y la concha termina chocando contra una tubería.
De una de esas tuberías emerge una Planta Piraña. Asoma la cabeza dentada y se balancea con un ritmo casi hipnótico antes de ocultarse de nuevo. Espero el instante exacto en que desaparece y salto por encima. El olor a tierra húmeda y metal me llena los pulmones.
El suelo se corta de repente en un abismo. El vacío no muestra fondo, solo cielo. Retrocedo unos pasos, corro y salto con todo lo que tengo. Durante un instante no siento nada bajo los pies; luego aterrizo al otro lado con un golpe seco que me recorre las piernas. No puedo fallar. Aquí fallar significa desaparecer.
Más adelante encuentro una Flor de Fuego en otro bloque con símbolo. Al tocarla, el calor me invade las manos. Extiendo el brazo y lanzo una bola ardiente que rebota contra el suelo antes de impactar contra un Goomba. El enemigo se esfuma envuelto en un destello. Ahora el fuego responde a mis gestos; no necesito acercarme tanto al peligro.
Los Koopa Troopas aparecen con más frecuencia, algunos con caparazón rojo que se detienen antes de los bordes, como si supieran medir la caída. Lanzo fuego para despejar el camino y salto cuando es necesario. Mi cuerpo se mueve con una precisión que no sabía que tenía. Todo depende del tiempo exacto: ni un segundo antes, ni uno después.
Entonces, al golpear un bloque aparentemente vacío, surge una Estrella de Poder. Parpadea con colores intensos y, al tocarla, una energía desbordante me atraviesa. El mundo vibra. Corro sin miedo y atravieso a los enemigos como si fueran humo. Los Goombas y los Koopas desaparecen al contacto; incluso la Planta Piraña no puede herirme. Río sin darme cuenta. Durante esos segundos soy imparable.
Pero la luz se atenúa. El pulso vuelve a su ritmo normal. La invencibilidad se desvanece y el mundo recupera su dureza.
Supero otro abismo y una serie de bloques dispuestos en escalera. El sudor me corre por la frente. Cada salto exige concentración absoluta. Siento el peso de mi cuerpo cuando aterrizo y la tensión en los músculos antes de impulsarme de nuevo.
Al final del trayecto se alza un mástil junto a una pequeña fortaleza de ladrillo. Subo por la escalinata triangular y, en el punto más alto, salto para agarrarme a la barra. Me deslizo hacia abajo mientras la bandera desciende conmigo. El sonido que llena el aire no sé de dónde proviene, pero vibra en mi pecho como una confirmación.
Cruzo la pequeña construcción. El interior está vacío, silencioso, como una pausa contenida. Al salir por el otro lado, el cielo vuelve a abrirse ante mí con el mismo azul impecable y nuevos bloques flotando en la distancia.
No sé cuánto queda por recorrer, ni cuántos enemigos me esperan ni dónde está exactamente la princesa. Solo sé que el camino continúa hacia la derecha. Ajusto mi gorra, siento aún el calor residual en las manos y doy el siguiente paso.
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