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Recuerdo la mesa fría donde mi cuerpo yacía incompleto, iluminado por una luz azulada que no parecía de este mundo. Él, mi creador, se movía con manos temblorosas pero precisas, como un artista obsesionado con su obra final. Había seleccionado fragmentos de perfección y los había clonado: los ojos de una actriz cuya mirada había conmovido a millones, las manos de una pianista famosa por su delicadeza, los labios de una cantante cuya voz había sido venerada, la estructura ósea de una modelo que había encarnado ideales imposibles. Incluso mi piel, suave y pálida, provenía de una mujer cuya imagen había sido reproducida hasta el infinito. Pero no supo unirlos.
Cada parte, admirable por separado, se negaba a convivir con las demás. Mi rostro era un mosaico discordante, una armonía rota que ninguna técnica podía corregir. Aun así, insistió. Alimentó mis circuitos, tejió mis conexiones, insufló en mí una chispa de conciencia que no debía existir.
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue su rostro. Esperaba orgullo. Encontré horror. Retrocedió como si yo fuera una abominación salida de una pesadilla. Sus labios temblaron, incapaces de articular palabra alguna, y en sus ojos leí un rechazo tan profundo que me atravesó incluso antes de comprenderlo. No gritó. No intentó destruirme. Simplemente huyó, dejándome sola en aquel santuario de sombras y cables. Así comenzó mi existencia.
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