01 julio 2026

De cómo mi señor arremetió contra un molino y salió peor que el trigo


No negaré que aquella mañana amaneció más traicionera que un viento cambiante, aunque a simple vista parecía más mansa que una oveja recién esquilada. Íbamos mi señor y yo por la llanura, con el sol desperezándose entre los cerros y mis tripas haciendo más ruido que una rueda sin engrasar, cuando de repente se detuvo en seco, como un perro que ha olido su presa.
      —La ventura nos guía, Sancho —dijo, alzando el brazo con tal solemnidad que casi me hizo santiguarme—. Mira allí, donde se levantan esos descomunales gigantes.
      Yo alcé la vista, que no me cuesta dineros, y vi lo que cualquier cristiano ve: unos molinos de viento, con sus aspas volteando, tan pacíficos como frailes en procesión.
      —Señor —le dije—, con perdón de vuestra merced, que no son gigantes, sino molinos. De los que muelen trigo y no hombres.
      Pero mi amo torció el gesto, como si yo hablara en lengua de moros. —Bien se conoce, amigo Sancho, que no estás versado en cosas de caballerías. Aquellos son gigantes, y si tienes miedo, apártate y ponte en oración, que yo voy a entrar contra ellos en fiera y desigual batalla.
      A mí se me encogió el alma, como una camisa mal lavada.
      —Miedo no, señor —le respondí—, pero ojos sí tengo. Y esos son molinos. Mire que se va a llevar un golpe que lo va a dejar viendo las estrellas a pleno día.
      Mas él no escuchaba razones, que para eso oye menos que una campana rota. Picó espuelas a Rocinante, que salió más resignado que valiente, y se lanzó contra el molino más cercano, lanza en ristre y voz en cuello:
      —¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas!
      Yo me quedé atrás, encomendándome a Dios, pensando que aquello iba derecho al desastre, como un carro sin freno.
      Y quiso la mala ventura que, al llegar mi señor, diese una aspa tal vuelta que le arreó un golpe seco, levantándole por los aires. Salió volando, como un saco mal atado, dando vueltas con el caballo, que no tenía culpa de nada.
      —¡Válgame Dios! —grité, corriendo hacia él—. ¿No se lo decía yo?
      Lo hallé en el suelo, la lanza hecha astillas y él más quebrantado que una olla vieja. Aun así, se esforzó por incorporarse, con ese orgullo suyo que no hay caída que lo doblegue.
      —Calla, Sancho —dijo—. No eran molinos, sino que un sabio encantador los ha convertido en tales para quitarme la gloria de vencerlos.
      Yo me rasqué la cabeza, porque una cosa es la fantasía, y otra muy distinta es querer tapar el sol con un dedo.
      —Señor —le respondí—, más me parece a mí que ni encantadores ni demonios, sino que el golpe ha sido de muy buena mano, y el molino no se ha movido de donde estaba.
      Pero él, que en eso de las razones ajenas es más duro que pan de víspera, no quiso oírme más. Se apoyó en mí para levantarse, haciendo como que no le dolía nada, aunque torcía el gesto más que una puerta vieja.
      —Advierte, Sancho —dijo—, que las cosas de la guerra están sujetas a continuas mudanzas.
      —Ya lo veo —murmuré—, que en un credo se pasan de gigantes a molinos, y de pie a tendido.
      Y así seguimos nuestro camino, él tan firme en su parecer como siempre, y yo sacudiendo el polvo y recogiendo los restos. Porque, aunque mi amo vea lo que no hay, no he de dejarle solo; que para algo soy su escudero y siempre hará falta quien le levante cuando la verdad —o el aspa— le derribe.



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