|
Durante años vivimos encerrados en algo que no se veía. No eran solo paredes. Ojalá hubieran sido solo paredes, porque las paredes se pueden derribar. Lo nuestro no. Lo nuestro era silencio, era miedo, era costumbre. Dentro de casa, el mundo desaparecía y éramos solo nosotros. Bastaba girar la llave. Ese gesto mínimo… y todo quedaba fuera. Entonces sí. Entonces podíamos mirarnos sin escondernos. Tu mano encontraba la mía como si nunca hubiera existido otra opción y todo encajaba sin esfuerzo: la cama deshecha, las risas bajas, tu voz pronunciando mi nombre como si te perteneciera Ahí, entre esas cuatro paredes, éramos verdad. Fuera… fuera éramos solo una versión descafeinada de nosotros mismos.
Habíamos aprendido a sostener la mentira sin que se notara. A sonreír lo justo. A medir las distancias. A no tocarnos nunca cuando alguien podía vernos. A hablar de todo menos de lo único que importaba. Y, sobre todo, habíamos perfeccionado el ritual. La llamada en la puerta, el golpe seco devolviéndonos al sitio que nos correspondía. Yo quitaba las fotos con prisa, casi sin mirar, como si me quemaran. Tú hacías desaparecer todo aquello que nos delataba, lo que hablaba de noches que no podían contarse, de mañanas que empezaban en el mismo lado de la cama, de una intimidad cotidiana que no tenía nada de casual ni de amistad. Pruebas que nos ponían en peligro. En segundos no quedaba ni rastro. Abríamos la puerta. Y volvíamos a fingir ser dos amigos.
|