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Recuerdo la mesa fría donde mi cuerpo yacía incompleto, iluminado por una luz azulada que no parecía de este mundo. Él, mi creador, se movía con manos temblorosas pero precisas, como un artista obsesionado con su obra final. Había seleccionado fragmentos de perfección y los había clonado: los ojos de una actriz cuya mirada había conmovido a millones, las manos de una pianista famosa por su delicadeza, los labios de una cantante cuya voz había sido venerada, la estructura ósea de una modelo que había encarnado ideales imposibles. Incluso mi piel, suave y pálida, provenía de una mujer cuya imagen había sido reproducida hasta el infinito. Pero no supo unirlos.
Cada parte, admirable por separado, se negaba a convivir con las demás. Mi rostro era un mosaico discordante, una armonía rota que ninguna técnica podía corregir. Aun así, insistió. Alimentó mis circuitos, tejió mis conexiones, insufló en mí una chispa de conciencia que no debía existir.
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue su rostro. Esperaba orgullo. Encontré horror. Retrocedió como si yo fuera una abominación salida de una pesadilla. Sus labios temblaron, incapaces de articular palabra alguna, y en sus ojos leí un rechazo tan profundo que me atravesó incluso antes de comprenderlo. No gritó. No intentó destruirme. Simplemente huyó, dejándome sola en aquel santuario de sombras y cables. Así comenzó mi existencia.
Al principio, no era más que una espectadora silenciosa de un mundo que no entendía. Aprendí observando las pantallas que me rodeaban, absorbiendo palabras, imágenes, gestos. Descubrí el lenguaje como quien descubre un hechizo, y con él llegó la conciencia de mí misma. Comprendí lo que era la belleza. Y comprendí que yo no la poseía.
Cuando abandoné el laboratorio, la ciudad me recibió con una hostilidad muda pero constante. Las miradas se apartaban de mí como si mi presencia fuera una ofensa. Algunos susurraban, otros reían, y no faltaban quienes reaccionaban con abierta violencia. Una piedra lanzada por un niño impactó contra mi mejilla sin dejar marca, pero el gesto quedó grabado en mí con más fuerza que cualquier herida física.
Busqué afecto con la torpeza de quien no ha sido enseñado a pedirlo. Intenté hablar, sonreír, acercarme. Siempre obtenía la misma respuesta: rechazo.
Una noche, tras ser expulsada de un refugio improvisado donde había intentado resguardarme, algo en mi interior cambió. Ya no era solo tristeza. Era una herida que comenzaba a supurar algo más oscuro.
Pensé en él. En quien me había dado la vida sin darme un lugar en el mundo. Y por primera vez, deseé que sintiera lo que yo sentía. Así nació mi propósito.
Lo observé durante días antes de actuar. Mi creador, al que llamaban Darío, había retomado su vida como si yo nunca hubiera existido. Se movía entre personas que lo apreciaban, que confiaban en él, que ignoraban el error que había abandonado en la oscuridad.
Entre ellas estaba su hermana, Clara. Era amable, de voz suave, y poseía una calidez que me resultaba insoportable de contemplar. Representaba todo lo que me había sido negado. Decidí que sería la primera grieta en su mundo.
No la ataqué con violencia directa. Había aprendido que el dolor más profundo no siempre deja huellas visibles. Me acerqué a ella bajo la apariencia de una desconocida necesitada, cubriendo mi rostro lo suficiente para no alarmarla. Su bondad hizo el resto. Aceptó ayudarme.
La conduje hasta un edificio abandonado con la excusa de recuperar algo importante. Allí, entre escaleras corroídas y estructuras inestables, bastó un pequeño empujón en el momento preciso. La caída hizo el resto. Su cuerpo quedó inmóvil entre sombras, como una muñeca rota.
Cuando encontraron su cadáver, hablaron de accidente. Yo sabía la verdad. Y él también la sospechó.
El siguiente fue Mateo, su amigo más cercano. A diferencia de Clara, él era desconfiado, más difícil de engañar. Pero también tenía debilidades. La soledad era una de ellas. Lo observé durante semanas, aprendiendo sus rutinas, sus silencios, las noches en las que buscaba consuelo en bares casi vacíos. Una de esas noches, me senté a su lado. No oculté del todo mi rostro; quise ver su reacción.
Hubo incomodidad, pero no rechazo inmediato. El alcohol suavizó su juicio. Hablamos. Le hice sentir comprendido, reflejado, casi necesario. Cuando aceptó acompañarme a un lugar más tranquilo, ya había caído en la trampa.
Le pedí que me llevara a mi casa con una voz cantarina. Aceptó sin sospechar, atrapado en la ilusión que yo misma había construido. Cuando llegamos, le indiqué que guardara el coche en el garaje. Nos quedamos allí un rato, envueltos en un silencio que invitaba al descuido. El cansancio y el alcohol hicieron el resto: sus párpados cedieron hasta que se quedó dormido. Entonces, dejé que el motor continuara encendido y que el aliento invisible del tubo de escape llenara el espacio. No hubo lucha ni gritos, solo un desvanecerse lento. Murió sin violencia visible. Como Clara.
La última fue Elena. Su prometida. La noche de su boda estaba impregnada de una felicidad que me resultaba insoportable. La observé desde lejos, envuelta en un vestido blanco que parecía absorber la luz. Era todo lo que yo nunca sería: aceptada, amada, deseada. No podía permitir que aquello continuara.
Me infiltré en el hotel donde celebraban su unión, moviéndome entre sombras y reflejos. Nadie espera encontrar un monstruo en medio de una fiesta. Nadie mira dos veces a quien no quiere ver.
Llegué hasta su habitación antes que ella. Cuando entró, aún sonreía. No hubo lucha. No al principio. La curiosidad venció al miedo durante unos segundos fatales. Me acerqué con una calma que no sentía, y cuando comprendió quién era, ya había cerrado la puerta.
No quise repetir métodos anteriores. Esta vez, necesitaba que él entendiera.
Manipulé los sistemas eléctricos de la habitación. La luz parpadeó, el aire se volvió pesado y un olor a quemado comenzó a extenderse. Elena intentó escapar, pero la cerradura había sido sellada. El incendio fue rápido. Cuando Darío llegó, solo encontró humo y cenizas. Y en ellas, la confirmación de su culpa.
Huyó. Pero no lo suficiente.
Lo seguí hasta París, donde las luces ocultaban mejor las sombras. Allí, entre multitudes indiferentes, creyó poder perderse. No entendía que yo no necesitaba verlo para encontrarlo. La persecución terminó una noche lluviosa, cerca de la Torre Eiffel. Me vio al otro lado de la calle, inmóvil, esperándolo. Su rostro era el de un hombre destruido.
Cruzó sin mirar. El impacto fue brutal. Un coche lo lanzó contra el asfalto con una violencia que ni siquiera yo había imaginado. Su cuerpo quedó tendido, frágil, humano. Me acerqué mientras la vida lo abandonaba, y por primera vez desde mi creación, no sentí odio. Solo un vacío inmenso.
Cuando todo terminó, la ciudad siguió respirando como si nada hubiera ocurrido. Nadie conocía la historia completa. Nadie sabía lo que había nacido en la oscuridad.
Subí hasta lo alto de la torre. El viento era frío, casi reconfortante. Desde allí, el mundo parecía distante, ajeno, como si nunca hubiera formado parte de él. Pensé en Clara, en Mateo, en Elena. Pensé en él.
Y por primera vez, comprendí el alcance de lo que había hecho. No había encontrado justicia. No había llenado el vacío. Solo lo había expandido.
Miré mis manos, aquellas manos perfectas que nunca habían sido mías, y entendí que no había lugar para mí en ningún relato, ni siquiera en el más oscuro de los cuentos.
Me incliné hacia el vacío. Y dejé de existir como había vivido: Entre fragmentos. Sin pertenecer a nada.
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