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El nombre brilla en la puerta de cristal: Damián Corvalán. Letras doradas, impecables, arrogantes.
Respiro hondo antes de entrar. Hace años que no escucho ese nombre, y aun así suena igual que entonces: como un arañazo.
El despacho huele a cuero y éxito. Él está allí, detrás del escritorio, con la misma sonrisa que usaba cuando me llamaba “bruja rara” en el instituto.
Ahora viste un traje diseñado con precisión quirúrgica. Ni una arruga. Ni un remordimiento.
Y, por supuesto, no me reconoce.
Me lo recuerdo a mí misma mientras avanzo: no se refleja. El hechizo de camuflaje sigue intacto. Soy una mujer bella, elegante, segura. No la muchacha temblorosa de antes.
—Señor Corvalán —digo—, soy Morgana Veraz. Vengo por la vacante de secretaria ejecutiva.
Él levanta la mirada. En sus ojos se enciende una chispa: admiración, deseo, soberbia.
—Veraz —repite—. Qué apellido tan apropiado.
La entrevista termina pronto. Mi currículum es perfecto, mi voz precisa. Cuando me ofrece el puesto y su mano roza la mía, algo se enciende en mi interior. Recuerdo de aquella niña que creyó en su falsa ternura.
Me acompaña a mi puesto.
—Eres la quinta en un año —dice—. Las anteriores no estaban a la altura. Soy exigente, pero tú… tú pareces diferente.
Asiento. No por cortesía, sino porque sé lo que vendrá. Cuanto más alto suba, mayor será su caída.
Al día siguiente, convoca una reunión general.
«Para motivar al equipo», dice.
Treinta empleados lo observan desde sus sillas. Las luces frías, el zumbido de los ventiladores, su voz amplificada por los altavoces.
Yo me quedo al fondo, invisible entre las sombras.
—Nuestra empresa —declama— necesita compromiso. No basta con cumplir el horario. Hay que vivir para el trabajo. Los resultados no esperan a los débiles.
Mientras habla, deslizo mis dedos bajo la mesa y murmuro:
“Palabra al viento, juicio del tiempo,
que el rostro revele lo que oculta el pensamiento.
Que el brillo del oro te pese y te rompa,
que el poder que ejerces se vuelva tu sombra.”
Una corriente helada atraviesa la sala. Él se aclara la garganta, incómodo.
—No podemos tolerar errores —continúa—. Si alguien no está dispuesto a sacrificarse, hay cien personas esperando fuera.
Su voz se vuelve más grave, casi gutural. Se lleva la mano al cuello y traga con dificultad.
“Por cada lágrima ajena, una muda;
por cada humillación, una fuga.
Por lengua de engaño y mirada de arpía,
que muerda su culpa al caer el día.”
Los huesos de su mandíbula crujen. Los empleados se miran, inquietos, pero él sigue hablando.
—El éxito —gruñe— es para los que devoran obstáculos, los que estrangulan la competencia...
Un sonido seco corta la frase. Su piel se tensa, los ojos se afilan. Un silbido brota de su garganta.
De pronto, su lengua se bifurca. La piel se oscurece, brillante, aceitunada. Los dedos se contraen, huesudos, la espalda se curva. El traje se desgarra.
Alguien grita.
El cuerpo de Damián cae al suelo entre espasmos. De su boca emerge una mamba negra, delgada, veloz. Y el resto del cuerpo cae cuál piel sobrante.
Se lanza sobre la mujer más cercana y la muerde. El veneno actúa en segundos.
El caos estalla. Sillas volcadas, gritos, cuerpos cayendo.
La serpiente crece, muda de piel, se ensancha: ahora parece una pitón, enorme, sofocante.
Atrapa a un hombre, lo devora con un chasquido húmedo. El suelo se tiñe de rojo.
Intento detenerla, recitar el contrahechizo, pero mi voz no sale. No es justicia lo que he invocado. Es destrucción.
La criatura vuelve a mudar. Su cuerpo se expande, pesado, verde oscuro. Una anaconda monstruosa se alza, devorando cuerpos enteros.
Corro. Cruzo el pasillo. Pulso el botón del ascensor con insistencia. Las puertas se cierran justo cuando la bestia golpea el metal con un ruido seco.
El ascensor desciende. El silencio me oprime el pecho.
Entonces lo veo. En el espejo, una figura encorvada me observa: cabello enmarañado, ojos hundidos, piel pálida. La bruja rara del instituto. Yo.
La luz parpadea. El ascensor sigue bajando. Y ya no sé si aún hay salida.
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