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Mi adorado flan incondicional, mi bizcochito fiel, mi devoto de la glucosa:
He recibido tu carta y, tras leerla, el médico me ha recomendado reducir el azúcar durante un mes. No por falta de amor, sino porque tu declaración ha elevado mis niveles de glucosa hasta el punto de oír cómo mi sangre hace burbujas de caramelo.
Confieso que la abrí temblando, como quien destapa una caja de bombones sabiendo que dentro puede haber trufas… o una bomba de crema pastelera. Y, ¡oh, amor mío!, ¡cuánta crema había! Cada palabra tuya me envolvía como si me hubieras arrojado a una bañera de sirope. No negaré que he disfrutado cada gota.
Dices que sin mí, tu vida sería como una tarta sin relleno. Permíteme devolverte la metáfora: sin ti, mi existencia sería como un cupcake olvidado en el horno de la cocina, reseco, triste y sin cobertura. Pero contigo todo es un banquete de excesos. Hasta el aire parece tener calorías.
Tu pasión, mi adorado flan, es tan desbordante que temo que un día aparezcas en mi puerta con un ramo de churros y una serenata de mariachis hechos de mazapán. Y, sinceramente, no estoy segura de si sería capaz de resistirme a eso.
He imaginado el cosmos que describes, con sus cielos de merengue y sus pájaros de barquillo, y debo decir que me parece un lugar peligroso. No por falta de belleza, sino porque si llueve almíbar y truena azúcar, yo acabaría con una indigestión emocional. Pero no importa: estoy dispuesta a correr el riesgo. Por ti, lo haría todo… incluso renunciar a la dieta.
Tu comparación con el churro me ha conmovido profundamente. Pocas veces un ser humano ha descrito su amor con tanta fritura poética. Que tu corazón lata en espiral me resulta inspirador; a partir de hoy, cada vez que vea una churrería, pensaré en ti con ternura y hambre.
Dices que te reencarnarías en pan dulce para volver a mí. Déjame confesarte que, si eso ocurriera, yo me reencarnaría en café con leche solo para acompañarte cada mañana. Juntos, haríamos del desayuno una religión.
Y aunque sé que tus promesas son tan exageradas como deliciosas, me las quedo todas. Las guardaré en un frasco junto con mis caramelos favoritos, para abrirlo los días tristes y endulzar el alma con tu locura.
Así que, mi querido bizcochito, sigue siendo como eres: un glotón dulce, un pecado de azúcar. El mundo necesita más de esa dulzura imposible.
Con afecto, ironía y un toque de canela,
Tu contraparte crujiente, tu crema catalana del destino,
La que te ama… con moderación y una servilleta al lado.
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