22 abril 2026

Don Quijote del Mar


No sabría yo decir con certeza en qué marejada se le torció el seso a mi señor, Don Quijote del Mar, pero sí que puedo jurar que, desde entonces, no he tenido día ni noche en paz. Porque el buen hidalgo, que en otro tiempo se ocupaba de contar peces y garabatear papeles que no leía ni el gato del ministro, decidió un día que el océano andaba tan necesitado de un capitán pirata como un arrecife de peces. Y así, con más entusiasmo que seso, se calzó un traje de neopreno pegado a su cuerpo, cual mejillón a la roca, y salió a enderezar entuertos por las aguas del mundo armado con un arpón herrumbroso que daba más pena que miedo.
      Yo, que siempre he sido hombre de tripa agradecida y apetito de ballena, más amigo del puchero que de la pólvora, quedé embarcado en su locura. No porque me sobren ganas de jugarme el pellejo, sino porque me falta malicia para dejarlo solo en una lancha hinchable frente a barcos del tamaño de galeones.
      Aquella noche lo vi entrar en mi choza con los ojos encendidos, igual que un faro de puerto en noche cerrada.
      —Sancho —me dijo—, este será el día en que las redes infames se rindan ante nuestra justicia marinera.
      Yo me froté los ojos, aún con legañas pegadas de la siesta, y le respondí:
      —Señor, ¿no os acordáis de que la otra vez nos dispararon plomo como a gaviotas de vertedero?
      —Amigo Sancho —replicó él, con voz tan solemne que parecía canto de sirena—, los leviatanes descansan en su codicia, mas nosotros tenemos la justicia de nuestra parte.
      Yo pensé que lo que teníamos era más hambre que gloria, pero callé, porque cuando mi señor empieza con discursos, no hay corriente ni ola que lo aparte de su rumbo.
      Fuimos al puerto, donde nos esperaba nuestra embarcación, la Navegante. No era galeón ni fragata, sino una pobre lancha hinchable con el motor cascado. Daba lástima verla, con los parches que yo le había ido poniendo y olía a gasolina igual que una taberna a vino, pero para mi amo era poco menos que un galeón dorado.
      Zarpamos en silencio, con la mar tranquila y la luna pintándonos de plata el casco. Yo llevaba el corazón encogido, pues sabía que la empresa iba a terminar en más agua que honra. Pero mi amo, de pie en la proa, hablaba al viento cual predicador:
      —¡Oh, mar sin cadenas! Hoy libraré a tus hijos de las redes tiranas.
      De pronto, apareció en el horizonte un enorme pesquero.
      —Mira, Sancho —me señaló con el arpón—, ahí está el leviatán que tenemos que vencer.
      —Lo que yo veo, señor, es un barco con más hombres que sardinas hay en una lata. Mejor vamos a cortar las redes y a huir antes de que nos trinchen.
      —¡No, Sancho! —tronó él—. Hoy no solo liberaremos peces: hoy daremos batalla.
      Yo resoplé y me lancé al agua con mi invento: un cortador submarino que servía para rajar las redes. Me até el aparato al cinturón y me zambullí. El agua estaba fría, cual corriente del norte y los peces me rodeaban, rozándome las piernas como quien dice "gracias, buen mozo".
      Arriba, Don Quijote gritaba al viento:
      —¡En nombre del océano, detendré vuestra codicia!
      Yo pensaba: “Más fácil sería detener mi hambre que sus discursos”.
      Abrí un buen boquete y los peces huyeron. Don Quijote alzó los brazos, convencido de que era obra suya y yo ni me molesté en corregirlo.
      La dicha nos duró lo que un destello del faro en la tormenta. Una luz nos cegó y una lancha rápida bajó del pesquero, echando espuma como un tiburón enojado.
      —¡Señor, nos han visto! —grité.
      —¡No huyas, Sancho! ¡Que sepan quién es Don Quijote del Mar!
      Yo aceleré la Navegante, que rechinaba más que una vieja corbeta.
      Los marineros nos perseguían, disparando al aire. Mi señor, en lo más alto de la lancha, lanzó su arpón contra el monstruo del mar. Cayó al agua a dos brazas de distancia con más pena que gloria.
      —¡Atrás, leviatán asesino! —clamó, mientras yo rezaba a todos los santos de los navegantes para no acabar hundidos.
      Al poco, una bala alcanzó el motor y quedamos a la deriva. La lancha enemiga nos embistió y la pobre Navegante se fue al fondo con un último estertor de gasolina. Logramos desplegar el bote de emergencia y nos vimos flotando como si fuéramos corchos a merced de la marea.
      Los marineros, entre burlas, dieron varias vueltas a nuestro alrededor igual que los tiburones en torno a su presa, y se marcharon, dejándonos calados y tiritando.
      —Señor, ya ve que hemos perdido la lancha, el arpón y la honra.
      Él, tieso como mascarón de proa:
      —Se equivoca, Sancho. La honra nunca se pierde en el servicio de una causa justa. Hoy hemos plantado el miedo en sus corazones y mañana volveremos.
      Yo callé, porque hablar más era malgastar saliva y me puse a remar rumbo a la costa. Y aunque en mi interior clamaba que mi amo estaba loco de remate, no pude evitar pensar que su locura, de algún modo, hacía más honda y luminosa la mar.
      Al amanecer, llegamos a puerto. Los pescadores del puerto nos miraban con sorna y uno soltó:
      —¡Ahí vienen los libertadores de sardinas!
      Yo me mordí la lengua para no responder, pero mi señor con pecho hinchado y respondió:
      —Reíd, villanos, que no hay gloria sin burla.
      Mientras tanto, yo pensaba más en un buen caldo que en la gloria. Me dolían los brazos de remar y el estómago me resonaba igual que una caracola. Pero apenas pusimos un pie en tierra, Don Quijote ya estaba maquinando nuevas aventuras contra barcos aún mayores que habría que enfrentar.
      —Sancho —me dijo—, hoy nos vencieron las armas, pero mañana vencerá la fe.
      —Señor —respondí yo—, la fe no llena la tripa. Y si mañana hemos de salir de nuevo, por lo menos llevemos pan y vino.
      Él sonrió, como quien escucha el rumor de una ola, y me palmeó el hombro.
      Y así sigo yo, fiel marinero, acompañando a este capitán pirata que ve leviatanes en los pesqueros y nobleza en los peces. Muchas veces pienso que su cabeza está llena de algas en lugar de sesos; mas también pienso que, si no fuera por él, mi vida sería tan plana como una charca sin marea.
      Porque lo cierto es que, aunque no lo confiese en voz alta, a mí también me gusta creer que hacemos algo más que cortar redes: que cada pez que huye, cada ola que nos sacude, cada disparo que no nos alcanza, es señal de que, por un rato, el mar nos da la razón.
      Y así, mientras sigo a Don Quijote del Mar en sus disparates, descubro que su locura me contagia, y que en el fondo, entre tanto miedo y tanta fatiga, yo también me siento parte de algo más grande.



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