|
Era una mujer increíble; siempre nos traía croquetas a las clases de gimnasia. Caseras, doradas, aún tibias dentro de la fiambrera. Decía que eran las croquetas de su marido y nosotras asentíamos, agradecidas, con la boca llena. Nadie rechaza unas croquetas después de hacer ejercicio.
Luego su marido dejó de aparecer por el pueblo. No hubo drama, ni carteles, ni preguntas incómodas. Julia dijo que se había ido, que las cosas se desgastan. En el barrio aceptamos esa explicación como se aceptan tantas otras: sin masticar demasiado.
Un día llamó a mi puerta. Estaba nerviosa, hablaba demasiado deprisa. La Guardia Civil iba a registrar su casa y necesitaba que le guardase una caja durante unos días. Bajó la voz, sonrió con pudor y me dijo que eran objetos sexuales. Me dio la caja azul, de plástico, con tapa. No la abrí. Nunca he sido curiosa con la intimidad ajena.
Pasaron meses. Empezó un olor extraño en el trastero, algo espeso, persistente. Pensé en humedad, en tuberías viejas, en cualquier cosa menos en ella. Hasta que una tarde, mareada y temblando, decidí abrir la caja para acabar con aquello.
Dentro estaba la cabeza de su marido. Y ahora no puedo dejar de preguntarme de que serían las croquetas.
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario