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Cada vez que aparece, la habitación se vuelve un campo minado. Su boca es dinamita, cada palabra, cada suspiro, cada roce, cada latido una chispa que amenaza con incendiarlo todo. Me acerco, temblando, consciente de que caigo siempre en la misma trampa y, aun así, sonrío como un adolescente que ignora las banderas rojas. Su cercanía es un veneno dulce, lento, letal y, al mismo tiempo, infinito. Problemático.
Intento medir cada movimiento, calcular cada gesto como si fuera una pieza de ajedrez. Pero él siempre las mueve antes de que pueda reaccionar; yo soy el peón, perdido, arrastrado por su tablero. Sus dedos rozan mi cuello, bajan por mi pecho, juegan con mi piel hasta encenderla en un calor que me hace olvidar mi nombre. La lucidez se disuelve. La tensión se acumula en el aire, eléctrica, palpitante. Esto es problemático.
Su risa corta el silencio y mis defensas. Sus ojos, espejos de un caos que me atrae, me lanzan un desafío silencioso: Caerás otra vez. Y caigo, una y otra vez. No es solo deseo; es una guerra de besos, un conflicto sin reglas, un exceso que no se puede moderar. Cada abrazo es un pacto sin palabras, un contrato tácito que sé que me hará daño. Pero el adicto que llevo dentro se regocija en la pérdida, en la traición dulce de perderme en él. Mientras su cuerpo se acerca más, mientras su mirada me prende fuego y me retiene sin permiso… estoy perdido. Problemático.
Sus labios descienden por mi cuello, sus dientes rozan suavemente mi piel. Cada contacto me hace olvidar la conciencia. Mis manos tiemblan, no saben dónde ir; él las aparta con una sonrisa que dice déjate. Sus dedos recorren mi torso, mis caderas, me colocan exactamente donde quiere, y yo me rindo. Mi respiración se entrelaza con la suya, mi pulso se pierde en su ritmo. Problemático. Siempre problemático. Esta adicción que me arrastra y me consume no tiene freno.
Cuando me toma, siento un estremecimiento que me atraviesa entero. Cada empuje, cada caricia, es una hoguera que arrasa mis defensas. Gimo sin control, me dejo guiar, me dejo dominar. Sus manos me moldean, su cuerpo me aprisiona con precisión. Estoy consumido por el deseo que me arrastra sin resistencia, completamente suyo. Es problemático: esta rendición absoluta me provoca placer y miedo al mismo tiempo.
Siento su aliento en mi oído, sus labios en mi espalda, sus manos firmes sobre mi cintura. Cada gemido, cada sacudida de mi cuerpo, cada estremecimiento suyo me consume. No quiero ni puedo detenerlo. Estoy atrapado, feliz en mi propia condena. Problemático. Nunca deja de ser problemático.
Y entonces, en la cumbre de la adicción, cierro los ojos, esperando su calor, y en lugar de su boca, siento un vacío frío. Abro los ojos. El cuarto está desierto, como si nunca hubiera estado allí. El ajedrez ha desaparecido; no hay tablero, ni soy su pieza. Todo el fuego que creía sentir era un espejismo, un eco de mi propia necesidad. El veneno era mío, no suyo.
Y ahí lo comprendo: yo era lo problemático, yo era el deseo que me arrastraba a mis propias llamas. Mientras mi pecho todavía late, mientras mis manos buscan un calor que no está, entiendo otra cosa: todo lo que ardía, cada gemido, cada roce, cada estremecimiento, nunca fue real. Me quedo colgado, todavía intoxicado, en mi propio habitación desierta. Problemático. Siempre problemático.
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