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TimeTrips lleva años funcionando. Lo suficiente como para que la gente haya dejado de verlo como un milagro tecnológico y lo trate como una experiencia exclusiva y, según dicen, completamente segura. Hay listas de espera para los grandes acontecimientos históricos y paquetes organizados según el nivel de riesgo. Todo está medido, calculado, controlado. Al menos, eso es lo que venden. Para mí es la primera vez, y no puedo evitar sentir que estoy a punto de cruzar una pantalla de un videojuego.
La sala de embarque está decorada con fotografías de los destinos que puedes visitar: coronaciones, guerras, descubrimientos… y catástrofes. Muchas catástrofes. Entre ellas, resalta la última incorporación, la erupción del Monte Vesubio. Noelia lo observa con desconfianza, con esa forma suya de analizar siempre lo peor antes de que ocurra. Donde yo veo una oportunidad única, ella ve peligro en cada detalle.
—No entiendo por qué elegiste esto —murmura.
—Porque es real —respondo—. Porque ocurrió. Vamos a verlo de verdad.
—Vamos a morir de verdad, querrás decir.
No discuto. Sé que está aquí por mí.
Delante de nosotras, dos chicos conversan con una tranquilidad que no encaja con el lugar. Se mueven con la naturalidad de quien ya ha estado antes ahí. Terminamos hablando con ellos casi sin darnos cuenta. Han viajado antes. Ruben menciona la Biblioteca de Alejandría con fascinación. Le hubiera gustado tener más tiempo antes del incendio.
—También hicimos el 11S —añade Cristian—. Vimos los impactos de los aviones, los bomberos entrando en las torres. Lo peor es saber lo que va a pasar y no poder hacer nada.
—Ni debes —recalca Ruben como si tuviera que recordárselo—. Son las normas.
Cristian asiente, pero no parece convencido.
—No significa que no quiera.
Parece que él no solo quiere observar la historia. Le gustaría intervenir en ella.
—¿Alguna vez habéis corrido peligro? —pregunta Noelia.
—La máquina te saca antes de lo peor —añade Ruben—. Siempre.
Cuando nos llaman, avanzamos hacia la cápsula. No parece una máquina, sino un aro suspendido que vibra con una energía apenas perceptible. Lo cruzo y el mundo se pliega sobre sí mismo. La presión en los oídos es intensa, como si descendiera bajo el agua, y durante un instante pierdo el equilibrio. No hay transición, solo un corte seco… y luego…
Aparecemos en una calle de Pompeya y el impacto es inmediato. Todo está vivo. El aire es denso, cargado de olores: pan, vino, humo, sudor. Bajo mis pies, la piedra irregular del pavimento. A mi alrededor, gente que vive su día sin saber que está viviendo el último. Sonrío sin darme cuenta. Es como estar dentro de una película, pero sin la distancia de la pantalla.
Recorremos la ciudad despacio. Las casas están decoradas con frescos intensos, hay fuentes en las esquinas y las tabernas están llenas de vida. Un panadero saca hogazas mientras un niño roba un trozo y huye riendo.
El terremoto rompe esa ilusión.
No es un temblor leve, sino una sacudida violenta que me hace perder el equilibrio y caer de rodillas. El suelo vibra, las paredes crujen y el sonido de objetos rompiéndose se multiplica. Un carro vuelca, las ánforas se estrellan y el líquido se mezcla con el polvo. Una grieta se abre cerca de una fuente y el agua empieza a brotar de forma irregular.
Intento levantarme, pero otra sacudida me obliga a apoyarme contra una pared que parece a punto de ceder. En una casa cercana cae parte del tejado, levantando una nube de escombros. El temblor se prolonga lo suficiente como para transformar la sorpresa en miedo real, y cuando cesa, el silencio resulta inquietante.
Cristian es el primero en hablar:
—La gente no parece darse cuenta del peligro.
—Por esta zona hay muchos terremotos y nadie recuerda las erupciones anteriores.
Seguimos avanzando, pero la ciudad ya no me parece la misma. Entramos en una taberna. Nos sirven pan caliente, aceitunas, nueces y un guiso espeso de carne de res. El vino es áspero, rebajado con agua.
Entonces llega la explosión. Un brutal estallido que hace vibrar el aire y las paredes. El suelo responde con un eco profundo.
Salimos. Al mirar hacia el Vesubio, una columna gigantesca de ceniza y roca asciende con violencia. La luz del día comienza a desaparecer.
La primera piedra cae cerca. En segundos, la lluvia de piedra pómez se vuelve constante. Un hombre recibe un impacto y cae. Otra piedra atraviesa un tejado. Una golpea la espalda de Cristian y otra me roza el brazo. El aire se llena de polvo y cada respiración cuesta.
Nos refugiamos en un edificio, pero dentro la situación no mejora. El ruido sobre el techo es constante, violento. El polvo lo invade todo. Tosemos y nos lloran los ojos. El techo cruje.
—No podemos quedarnos —digo.
Cristian asiente. Salimos justo antes de que parte de la estructura colapse detrás de nosotros.
La ciudad está irreconocible. Se ha hecho de noche, la ceniza lo cubre todo y el caos ha tomado el control. Nos unimos a la multitud que huye hacia el puerto. A nuestro alrededor: la gente arrastra pertenencias, las madres intentan no perder a sus hijos, los curas rezan. Las calles se cubren de escombros y cada paso se vuelve peligroso.
El calor aumenta. El aire quema y el olor a gas provoca desmayos. Noelia empieza a quedarse atrás. Cristian saca mascarillas y nos las reparte. No elimina el problema, pero permite seguir avanzando.
Un zumbido precede a la caída de una gran roca incandescente que atraviesa un tejado. El número de impactos se incrementa. Y varios edificios sucumben. El calor se vuelve insoportable. Veo a varias personas desplomarse. No podemos detenernos.
No debe de quedar mucho para llegar al mar, pero no podemos verlo ni escucharlo. Algo me impulsa a mirar atrás. Una masa densa de ceniza y gas desciende por la ladera del volcán a una velocidad imposible, arrasando todo a su paso. No es solo humo, es una avalancha.
—¡Corred! —grito.
Aunque ya estamos corriendo, o al menos intentando, porque los gemelos me arden y el polvo no me permite conseguir oxígeno suficiente.
—¡Ya casi estamos! —grita Cristian.
El calor aumenta de golpe, abrasador, como si el aire estuviera en llamas; siento que me ahogo mientras sigo avanzando, esquivando cuerpos que caen y empujones que me desestabilizan. El cambio de temperatura y el rugido hacen que no necesite mirar atrás para saber que la nube nos está alcanzando.
—Ahí —digo.
La máquina está allí, intacta, vibrando suavemente en medio del caos. Ruben entra primero y ayuda a Noelia. Subo a la plataforma y me giro para ayudar a Cristian, pero no está detrás de mí. Lo veo unos metros atrás, intentando levantar a un niño.
—¡Cristian! —grito.
Me mira. No duda.
—No puedo dejarlo.
La nube lo alcanza y desaparece.
El cambio es inmediato. El calor desaparece. El aire vuelve a ser limpio. El silencio resulta irreal. Caigo de rodillas, tosiendo, mientras Noelia llora a mi lado. Ruben permanece de pie, mirando a su alrededor.
Tarda unos segundos en reaccionar. Y cuenta:
—Uno… dos… tres… ¿Dónde está Cristian?
Levanto la vista hacia las pantallas. Uno de los cuerpos petrificados tiene algo en las manos que no encaja con la época. Y ahora sé lo que es. La mascarilla.
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