03 junio 2026

Algún día


Durante años vivimos encerrados en algo que no se veía. No eran solo paredes. Ojalá hubieran sido solo paredes, porque las paredes se pueden derribar. Lo nuestro no. Lo nuestro era silencio, era miedo, era costumbre. Dentro de casa, el mundo desaparecía y éramos solo nosotros. Bastaba girar la llave. Ese gesto mínimo… y todo quedaba fuera. Entonces sí. Entonces podíamos mirarnos sin escondernos. Tu mano encontraba la mía como si nunca hubiera existido otra opción y todo encajaba sin esfuerzo: la cama deshecha, las risas bajas, tu voz pronunciando mi nombre como si te perteneciera Ahí, entre esas cuatro paredes, éramos verdad. Fuera… fuera éramos solo una versión descafeinada de nosotros mismos.
      Habíamos aprendido a sostener la mentira sin que se notara. A sonreír lo justo. A medir las distancias. A no tocarnos nunca cuando alguien podía vernos. A hablar de todo menos de lo único que importaba. Y, sobre todo, habíamos perfeccionado el ritual. La llamada en la puerta, el golpe seco devolviéndonos al sitio que nos correspondía. Yo quitaba las fotos con prisa, casi sin mirar, como si me quemaran. Tú hacías desaparecer todo aquello que nos delataba, lo que hablaba de noches que no podían contarse, de mañanas que empezaban en el mismo lado de la cama, de una intimidad cotidiana que no tenía nada de casual ni de amistad. Pruebas que nos ponían en peligro. En segundos no quedaba ni rastro. Abríamos la puerta. Y volvíamos a fingir ser dos amigos.
      —Pasad —decías tú.
      Tu sonrisa me dolía un poco. Porque era perfecta y no dejaba huellas de nada. A veces me preguntaba si de verdad nadie lo veía. Si nadie notaba el aire contenido, las palabras medias y esa forma nuestra de esquivarnos incluso cuando estábamos a medio metro. O si simplemente preferían no saber. Porque saber obliga a nombrar o a existir. Eso nos habría hecho reales y nosotros no nos atrevíamos a tanto.
      Había momentos… los peores… en los que te miraba en mitad de la calle y tenía que apartar la vista. No porque no te quisiera, sino porque no podía permitírmelo. Porque te miraba como si estuviéramos en casa, y eso, fuera, era peligroso. A veces me imaginaba pararte en seco. Sujetarte la cara. Besarte ahí mismo. Sin pensar. Sin valorar las posibles consecuencias. Un gesto tan simple y tan fuera de nuestro alcance. Por algo así lo habría dado todo.
      —Algún día —decías.
      Y yo asentía. Porque necesitaba creerte. Porque la alternativa era demasiado insoportable. Porque aceptar que aquello iba a ser siempre así era como aceptar vivir a medias.
      El mundo empezó a cambiar o eso repetían todos. La gente hablaba más alto. Se atrevían a nombrar lo que antes no se decía y se miraban de forma distinta. Como si, de pronto, se pudiera. Como si bastara con querer.
      Yo quería dar ese paso, de verdad que quería. Quería dejar de esconderte, dejar de esconderme, quería gritar tu nombre y que no fuera un riesgo.
      Cada vez que estaba a punto de dar el paso, el cuerpo me traicionaba. Las manos me temblaban. La voz se me quedaba atrapada en la garganta. Y el miedo volvía a imponerse. Entonces te miraba y callaba. Siempre callaba. Y el tiempo siguió avanzando sin pedirnos permiso, como avanzan las cosas que importan: sin ruido y casi sin darnos cuenta.
      Hasta que un día, saliste de casa como cualquier otro, con esa normalidad que nunca avisa y horas después sonó el teléfono. Un número desconocido. Una voz demasiado correcta, casi distante. Preguntas breves: Sí te conocía, sí podía ir al hospital. Recuerdo el frío repentino. El hueco en el estómago. El trayecto que no sé cómo hice. Y luego esa palabra. Muerto. Tan pequeña. Tan inútil. Y en ese instante entendí, con una claridad insoportable, que no habría despedida, ni última vez. Todo lo que no nos atrevimos a vivir se quedaba así. Suspendido. Intacto. Para siempre.
      Te fuiste… y la casa no cambió. Eso fue lo peor. Todo seguía en su sitio. Las paredes. La cama. Los objetos. Como si nada hubiera pasado. Como si tú fueras a volver en cualquier momento. Pero no. Ya no había nadie al otro lado de esa vida. Nadie con quien ser verdad. Y el silencio dejó de ser refugio. Se volvió definitivo.
      No nos faltó amor. Nos sobró miedo. Y esa es la forma más cruel de perder a alguien.
      A veces sigo paseando por las mismas calles. Y todavía te busco. En caras que no son la tuya. En parejas que se abrazan. Como si en cualquier momento fueras a aparecer y todo pudiera continuar. Como si no fuera tarde. Como si aún hubiera una oportunidad de hacerlo bien.
      Pero no la hay. Y eso es lo que más duele. No haberte perdido. Sino no haberte vivido.
      Aun así… me aferro a algo. A la idea de que esto no termina aquí. De que hay historias que no se acaban, solo se interrumpen. Que quizá en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida… no habrá paredes. Ni puertas cerrándose a toda prisa. Ni recuerdos escondidos en cajones.
      Que podré mirarte sin miedo. Gritar al mundo lo que fuimos. Besarte sin sentir que estoy haciendo algo prohibido. Y entonces, solo entonces, no habrá nada que ocultar y seremos todo lo que no nos atrevimos a ser.



Si quieres leer más relatos


No hay comentarios:

Publicar un comentario