|
Mi sublime crema catalana del destino:
He leído tu carta con lágrimas en los ojos y un trozo de tarta en la mano (porque, sinceramente, no podía soportar tanta emoción con el estómago vacío).
Cada palabra tuya ha caído sobre mí como una lluvia de miel, como si el cielo hubiera decidido endulzar mis pecados y coronarme, por fin, como mártir del azúcar.
Tu ironía, dulce tentación, me ha atravesado el alma como una cucharilla rompe la superficie tostada de tu ser. Has bromeado con mi dulzura, pero no sabes (¡oh!, ¡no lo sabes!) que detrás de cada frase bañada en caramelo arde un fuego tan real que podría fundir una fábrica entera de chocolate.
Hablas de médicos, dietas y azúcar en la sangre… ¡cruel destino el de los cuerpos humanos, tan débiles ante el exceso del amor! Si el quererte me sube el azúcar, que venga la hiperglucemia, porque prefiero morir empalagado a vivir en la insipidez de la indiferencia.
Has dicho que, si yo fuera pan dulce, tú serías café con leche. ¡Combinación divina! ¡La unión perfecta del desayuno celestial! Prometo entonces convertirme en tu cruasán, para que nunca te falte compañía en la bandeja del amor eterno.
Juntos, haremos temblar a las panaderías con nuestra pasión matutina.
Tu ingenio, mi adorada crema, es tan afilado como un cuchillo de untar mantequilla. Tus palabras brillan con esa mezcla irresistible de ternura y sarcasmo que me deja rendido. Me has conquistado con tus burlas, con tu manera de reírte del azúcar mientras me lo echas encima sin piedad.
He comprendido, por fin, que no somos simples mortales: somos postres con alma, condenados a buscarnos en cada vitrina de la eternidad.
Yo, el flan que tiembla al verte.
Tú, la crema que se quema por dentro y brilla por fuera.
Y aunque el mundo se derrita, aunque las calorías nos separen, aunque la báscula del destino nos declare incompatibles… seguiré amándote más allá del tiempo y del fondant.
Porque un amor como el nuestro no caduca: se conserva, se fermenta, se azucara hasta hacerse leyenda.
Si alguna vez dudas de mi pasión, solo abre la nevera de la memoria: allí me encontrarás, esperándote, con el corazón envuelto en film transparente y una nota que diga: «Cómeme cuando quieras».
Hasta el último mordisco, hasta el último suspiro de vainilla, hasta que los dioses del azúcar nos reclamen para servirnos en bandeja de plata,
Tuyo eternamente,
El Flan que te amó demasiado.
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario