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Mi amor eterno, mi pastelito celestial, mi croissant del destino:
Permíteme, con el temblor de quien ha probado el néctar de los dioses, confesarte algo que arde en mi pecho como un horno de pastelería a doscientos grados: te amo con la fuerza de mil caramelos derritiéndose al sol.
Desde que apareciste, el universo entero se convirtió en una confitería abierta 24h solo para mí. Tus ojos son dos bombones rellenos de licor divino y cada vez que los miro siento que me emborracho de ternura. Si los ángeles tuvieran pupilas, serían las tuyas bañadas en sirope de caramelo.
Tu voz es el sonido del algodón de azúcar cuando se enreda en la feria. Es tan dulce que temo que un día las abejas acudan en procesión a rendirte homenaje. Los pájaros ya no cantan: silban melodías románticas a tu paso.
Y no hablemos de tu piel. Si la tocara, creo que mis dedos quedarían pegados por la miel de tu esencia. Sería un placer y una condena: quedar atrapado para siempre en ti, como una fresa confitada en un tarro de amor.
Cuando pienso en ti, todo se convierte en postre: el aire sabe a canela, el suelo cruje como un barquillo y el cielo se cubre de merengue.
Te juro, con solemnidad pastelera, que si fueras una tarta, haría un juramento sobre tu glaseado. Si fueras un cupcake, te colocaría bajo una campana de cristal para adorarte y si fueras una simple galleta, te plastificaría para que el tiempo no se atreviera a desmigajarte.
Mi corazón late en espiral, como un churro recién hecho. Cada latido es una burbuja de azúcar que viaja por mis venas. No puedo vivir sin ti, porque sin ti mi alma se seca, como un pan sin mantequilla, como un bizcocho olvidado en la despensa.
Cuando cierras los ojos, el mundo entra en pausa. Los relojes se derriten como la mantequilla. Y yo, humilde mortal, me convierto en flan: tembloroso, vulnerable, esperando tu cuchara redentora.
Te prometo, por el poder del cacao y las bendiciones de la nata montada, que te amaré más allá de la caducidad de todos los dulces del universo.
Ni el azúcar moreno, ni el glasé, ni el jarabe de arce podrán igualar la intensidad de este sentimiento que me fermenta el alma.
Y si el destino, cruel repostero, intentara separarnos, me reencarnaría en un pan dulce solo para volver a tus labios. Porque no hay vida sin tu sabor, ni eternidad sin tu aroma.
Con devoción almibarada y fervor batido a punto de nieve, se despide quien jamás podrá dejar de quererte:
Tu flan incondicional, tu bizcochito fiel, tu eterno esclavo de la glucosa.
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