11 marzo 2026

Jueves


Aún está amaneciendo cuando entro en la estación. En mi pecho, siento un cosquilleo nervioso que solo él logra despertarme. A veces pienso que, si fuera más guapa y un poco más lista, si fuera de esas chicas que parecen tenerlo todo bajo control, cruzaría el vagón sin pensarlo y le diría simplemente: «Hola, ¿quién eres?». Pero no soy valiente.
      Camino hasta mi sitio de siempre, ese tramo del andén desde el que puedo verlo llegar. Aparece puntual, con el paso lento y la mirada perdida entre los raíles. Siento ese vuelco familiar en el pecho, tan irracional como constante, y bajo la vista para fingir que reviso mi bolso. Cuando llega el convoy, subimos al vagón casi a la vez, tan cerca que por un instante rozamos los hombros. Siento que esta mínima chispa podría ser un comienzo. Tengo el impulso de hablarle, de pronunciar su nombre… aunque ni siquiera lo sé. Pero quiero que él sepa el mío. Quiero existir para él.
      Se sienta enfrente y no se imagina que hoy he escogido mi falda más bonita. Siempre me repito que no es por él, que lo hago por mí, pero a quien pretendo engañar. Se acomoda sin mirarme y, cuando bosteza contra el cristal, tengo que contener la respiración para que no se me note cómo se me inundan las pupilas.
      De pronto me mira y yo le sostengo la mirada. Él suspira y enseguida aparta los ojos, casi avergonzado, o quizá tan asustado como yo. Cierro los ojos, me hago pequeñita y me pongo a temblar.
      Así pasan los días: de lunes a viernes, como las golondrinas del poema de Bécquer de estación a estación. Un amor callado que avanza al compás del tren. A veces pienso que, si alguien leyera mi vida, encontraría allí una historia mínima, insignificante. Pero para mí es todo: el centro de mi rutina, el hilo que une una mañana con la siguiente.
      Me mira otra vez, más tiempo del habitual y sonrío sin querer. Y entonces ocurre: despiertan mis labios sin que lo espere, pronuncian mi nombre tartamudeando. Me siento avergonzada. Seguro que piensas: «qué chica tan tonta», y me quiero morir. Pero el tiempo se para. Se acerca y me dice: «Yo aún no te conozco y ya te echaba de menos». Siento que el mundo se detiene solo para nosotros, y por un segundo, todo el miedo, la timidez y los días interminables de miradas cruzadas parecen tener sentido.
      Y ya estamos llegando, mi vida ha cambiado. Entramos en un túnel y la luz se apaga de golpe; quedamos envueltos en una oscuridad densa, íntima. Busco su rostro con las manos, algo dentro de mí se vuelve valiente. Me acerco hasta él y lo beso en los labios, amparada por la penumbra y por la sensación de que por fin estoy donde quería estar.
      Pero nada me prepara para lo que viene después.
      Un estallido repentino, una onda brutal de aire y luz que estalla desde el convoy de al lado. No es como la oscuridad serena del túnel: esto es un golpe seco, un desgarrón del mundo. La sacudida me lanza contra el asiento; el ruido se vuelve un único trueno que lo devora todo. Intento agarrarme a algo, entender qué está pasando, pero el suelo, las paredes, la gente… todo se inclina y se deshace en un segundo imposible.
      Cuando consigo abrir los ojos, estoy en el suelo del vagón. Todo huele a polvo metálico y a humo. Me cuesta respirar. Me duele todo el cuerpo. Intento hablar, pero apenas mover los labios.
      Entonces siento una mano cálida rodear la mía. Es él. Lo veo borrosamente: su cara cubierta de polvo, una brecha en la frente, pero su mirada está fija en mí, llena de angustia, llena de una ternura que nunca había imaginado que pudiera pertenecerme. Me mira como si yo fuera lo único que todavía tiene sentido. 
      Él aprieta mi mano con fuerza. Me dice que aguante, que no me va a soltar. A mi alrededor, sirenas, pasos, voces que no alcanzo a descifrar. Todo se mueve deprisa, desordenado, irreal. Pero él sigue ahí, anclado a mí, como si nuestra mano unida fuera la única parte del mundo que no ha estallado.
      Quiero decirle que cada día he elegido este tren por él desde aquel día que perdí el directo y lo vi por primera vez. Pero las palabras se rompen en mi garganta. Pero un sueño espeso caer sobre mí La luz se aleja. El dolor también. Él sigue llamándome, sosteniéndome, pronunciando mi nombre como si así pudiera mantenerme despierta.
      Nunca sabré lo que ocurrió realmente ese 11 de marzo.



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