25 marzo 2026

#Bestia


El día que lo cancelaron, Adam perdió el nombre.
      Un tuit torpe, escrito diez años atrás, bastó para convertirlo en tendencia. En horas ya no fue profesor, ni hijo, ni amigo. Fue #Bestia.
      Bella lo encontró así: viral y solo.
      Ella vivía del aplauso. Pensó que documentar su redención sería contenido perfecto. Le escribió. Él respondió con una educación, como si las palabras aún sirvieran para algo.
      En su apartamento —castillo sin magia— no había colmillos, sino ojeras. No rugidos, sino notificaciones. Cada vibración era un pétalo menos: trabajos perdidos, amigos en silencio, colegas indignados para salvar su propia piel.
      —Arrepiéntete mejor —le pidió ella, cámara en mano.
      La Bestia habló de lo aprendido, de los años, del cambio. Pero la red no quería cambios: quería sangre nueva.
      Bella apagó el móvil. Entonces lo entendió.
      La Bestia no estaba frente a ella, sino detrás de la pantalla: miles de perfiles afilando dientes para el próximo nombre.
      La rosa no murió cuando él pidió perdón. Murió cuando la multitud empezó a buscar otra Bestia.



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