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En casa la llamaron maleducada y la castigaron por corregir a un adulto que exageraba una historia familiar delante de las visitas.
En el colegio la mandaron a dirección por preguntar por qué ella tenía que coser mientras los niños hacían manualidades. No buscaba el conflicto, buscaba la lógica, pero su curiosidad fue tachada de rebeldía.
En el instituto la llamaron empollona por corregir a un profesor delante de la clase; sus compañeros la calificaron así, como si su deseo de aprender y participar fuera un defecto.
En la universidad, su negativa a tolerar un comentario machista de un catedrático le valió los insultos de “feminazi” y “exagerada”.
En el trabajo, su exigencia por la perfección la llevó a detectar errores de un compañero y a quejarse. Aunque lo hacía con la intención de mejorar la productividad, la catalogaron como problemática.
Hasta que un día fue silenciada definitivamente con una carta de despido y comprendió que su lucha no valía la pena. Como la Sirenita, descubrió que caminar entre los humanos exigía un sacrificio y aceptó que le cortaran la lengua.
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