08 mayo 2021

Tamara Ireland Stone



Tamara Ireland Stone es una periodista, experta en comunicación y escritora americana, Tamara Ireland Stone es conocida por sus obras dedicadas a jóvenes adultos, siendo El tiempo entre nosotros su obra más conocida a nivel internacional y que le supuso un gran éxito de ventas en su país.

Reseñas

El tiempo entre nosotros
Una y otra vez

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01 mayo 2021

Anabel García



Anabel García es una escritora española que ha logrado convertirse en muy poco tiempo en una de las autoras más populares dentro del género romántico-erótico.

Anabel nació en 1981 en Cáceres, aunque desde muy pequeña vivió en Navalmoral de la Mata, pero a los dieciocho años se trasladó a Madrid, donde estudió la carrera de Turismo y después la de Administración de Empresas.

Tras varios años trabajando en la cadena hotelera Paradores Nacionales de Turismo, montó su propio restaurante en el centro de Madrid, hasta que decidió dejarlo todo para embarcarse en esta loca aventura literaria, pues desde pequeñita la escritura había sido su gran pasión.

Su carácter activo e intrépido la llevó a conseguirlo, y ya ha publicado varias novelas eróticas de indiscutible éxito, que han llegado a ser bestsellers y que todavía se mantienen en los primeros puestos de ventas. Es muy conocida su trilogía Sólo tuya (2015), también su bilogía Rambhá (2016), la bilogía Catarsis (2017 y 2018), La mirada de Cleopatra (2017), Esta princesa ya no quiere tanto cuento (2018) y El día que me calle me salen subtítulos (2019).

Actualmente reside en Madrid, junto con su marido y sus dos hijos, mientras escribe novelas para deleitar a sus lectoras. Si por algo se caracteriza la autora es por dotar de grandes dosis de humor sus historias y por reivindicar en todas ellas protagonistas femeninas muy fuertes y con mucho carácter.

Encontrarás más información de la autora y su obra.


Reseñas

El día que me calle me salen subtítulos

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25 abril 2021

Rosalind Franklin - Descubridora de la estructura del ADN

Las mujeres dedicadas a la ciencia han sido sistemáticamente obviadas, si no despreciadas, por la historia. Las instituciones, sus colegas masculinos y, lo que es peor, la sociedad en conjunto las han condenado a un injusto anonimato.

Rosalind Franklin constituye un claro ejemplo de ello. Poseedora de un inusitado talento para la física detectado por sus instructores a una edad temprana, a los 17 años decide ir a la universidad para estudiar Química, Física y Matemáticas. Entusiasmada por la ciencia, había escuchado a Einstein en una de sus conferencias, y decidió, tal y como éste proclamaba, poner su vida al servicio de ella.


En un principio su padre desaprueba la idea, pero lo cierto es que él mismo había estudiado ciencias e incluso aprendido alemán a fin de intentar convertirse en científico y defendía la educación como un valor primordial, así que finalmente, llevado por su talante progresista, cede.

A los 18 años la brillante Rosalind aprueba el ingreso en Física y Química para entrar en Cambridge, el mejor centro de Inglaterra para estas disciplinas. Allí había estudiado Newton y se había fundado el Laboratorio Cavendish, que tomaba el nombre del físico que unificó las fuerzas eléctricas y el magnetismo.

Integrada con rapidez en la dinámica del centro, ingresa en los Archomedanas, sociedad que imparte conferencias sobre temas de vanguardia en las matemáticas. En una de ellas, conoce al profesor William Lawrence Bragg, ganador en 1915 del premio Nobel por demostrar que los rayos X permitían descubrir la estructura de los cristales. Así Rosalind toma contacto con la cristalografía.

La ley de Bragg dice que cada cristal atravesado por el haz de rayos X deja una especie de huella de identidad o retrato que solo un experto puede interpretar y que éstas revelan cómo es la estructura de la molécula de un cristal y la colocación de sus átomos.

Estos datos constituyen toda una revelación para la investigadora que empieza así a familiarizarse con el mundo de la materia extremadamente pequeña y en tres dimensiones.

Pese a los avatares de la guerra que asuela Londres a principios de 1941, Rosalind acaba la carrera con buenas calificaciones y consigue una beca por un año en el Departamento de Investigación Científica e Industrial.

El sino de la joven, que cuenta entonces 21 años, continúa siéndole favorable y consigue trabajar a las órdenes de otro futuro premio Nobel, el fisicoquímico pionero en fotoquímica Ronald Norrish, famoso empero por su trato desabrido para con los becarios. Poco importa todo ello a Rosalind, ya que no solo disfruta con su trabajo sino que además goza por vez primera de su independencia, viviendo en un piso de alquiler en el que puede recibir a sus amigos, guisar y disfrutar a voluntad de su tiempo libre.

El mes de agosto del año siguiente acepta un trabajo para estudiar el carbón en la British Coal Utilisation Research Association (BCURA), dirigida por Donald H. Bangham. El carbón vegetal era, en plena guerra, un combustible de gran protagonismo y trascendencia, ya que se empleaba como filtro de las máscaras de gas. Tras investigar sus diferentes tipologías, Rosalind presenta cinco publicaciones, consigue doctorarse y contribuye a la fabricación de una máscara de gas más eficaz. Había nacido una científica.


Corre 1946 cuando Rosalind decide salir de su Inglaterra natal y ver mundo. Los contactos de una de sus amigas le facilitan conseguir un puesto como fisicoquímica junto a Marcel Mathieu, que gestiona un centro de investigación en París. La sintonía con el científico es instantánea y se mantendrá de por vida. A su lado, Rosalind aprende y desarrolla técnicas tan innovadoras como relevantes para su futuro, entre las que destacan las de difracción de rayos X, llamada también ‘cristalografía de rayos X’. Una técnica tan compleja como poco conocida, que pretende aplicar el método de la cristalografía a materias no cristalinas. Su ojo científico se aguza y le permite perfeccionar dichos procesos y publicar varios estudios sobresalientes.

En 1950 sus avances en dicha disciplina llegan a oídos de John Randall director del laboratorio del King’s College de Londres, quien le insta a sumarse a su unidad de investigación en la que sólo trabajarían ella y el que sería su mano derecha, Raymond Gosling. Éste había sido hasta entonces ayudante de un joven físico neozelandés, Maurice Wilkins, que había trabajado en el ADN, aunque las imágenes que había obtenido hasta entonces eran harto confusas.

Rosalind se entusiasma con el proyecto y aunque su vida en París la subyuga (había escrito a sus padres diciendo que Francia le gustaba tanto o más que Inglaterra y los ingleses), decide volver a Inglaterra. La joven cuenta entonces ya con 30 años, una edad respetable para una época en la que las mujeres se hallaban irremisiblemente educadas para el matrimonio, y que en el caso de ser trabajadoras no dudaban en abandonar su puesto una vez contraído el enlace. Pero Rosalind tiene las cosas claras. Años más tarde, sus amigas contarán que jamás encontró al hombre adecuado que le compensase lo suficiente para dejar la investigación y…la libertad.

La científica arriba a Londres en enero del año siguiente y monta su laboratorio solventando las carencias que su antecesor, Maurice Wilkins, no había sido capaz de cubrir. El regreso de éste, que se encontraba de vacaciones, no es precisamente placentero. El científico, incapaz de asimilar las mejoras que la recién llegada ha aportado a 'su laboratorio' y el hecho de que Gosling se haya convertido en su ayudante, sumados a su natural machismo, le predisponen contra la recién llegada.

Pero en mayo de 1952 la científica consigue, con el difractómetro de rayos X, fotografiar la cara B del ADN hidratado, la famosa Foto 51, columna vertebral del ADN.


Hasta la fecha, dos investigadores de la Universidad de Cambridge, James Watson y Francis Crick, habían abordado el problema de la estructura del ADN basándose en los datos obtenidos por otros científicos y especulando sobre ellos habían construido un modelo en tres dimensiones, un modelo que no respondía a la realidad y que tras ser analizado por Rosalind es rechazado. Pero los dos científicos perseveran y como ha quedado demostrado en repetidas ocasiones desafortunadamente, la historia de la ciencia una vez más es injusta con las mujeres. El desabrido Wilkins, a espaldas de Rosalind, le enseña a Watson las fotos decisivas que ésta ha obtenido del ADN y cuyos resultados aún no ha publicado.

Poco después, el 25 de abril del siguiente año, la prestigiosa revista Nature publica tres artículos de los grandes hallazgos de la biología bajo el único título de Estructura molecular de los ácidos nucleicos. El primero, firmado por Crick y Watson, es la estrella de la revelación del descubrimiento científico, la estructura del ADN; el segundo es un artículo de Wilkins y el tercero, el de Rosalind. Incómoda con la situación, Rosalind decide entonces abandonar todo lo relacionado con el tema.

Su carrera científica prosigue, lidera trabajos pioneros relacionados con el virus del mosaico del tabaco y el poliovirus.

El 16 de abril de 1958 fallece en Londres víctima del cáncer , probablemente a consecuencia de sus repetidas exposiciones a la radiación durante sus investigaciones.

En 1962 sus colegas Watson, Crick y Wilkins son galardonados con el Premio Nobel por su trabajo en el descubrimiento del ADN. El nombre de Rosalind Franklin no se mencionó ni se reconoció su contribución en dicho avance científico sin precedentes.


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28 marzo 2021

María Amparo Pascual - El poder de la persistencia

En octubre de 2018, la Revista Medicc Review publicó un interesante artículo de la autoría de la periodista estadounidense Conner Gorry MA, titulado “The Power of Persistence: María Amparo Pascual MD MS Founding Director, National Clinical Trials Coordinating Center, Havana”, que traducido al castellano se lee “El poder de la persistencia: María Amparo Pascual MD MS Directora fundadora del Centro Nacional de Coordinación de Ensayos Clínicos, La Habana.



”Y sí que seleccionó un título bien adecuado la escritora Conner Gorry; que reconoce lafuerza de la mujer caribeña, dice que es impresionante el empoderamiento que tienen e incluye dentro de ellas, a la doctora María Amparo Pascual López, nacida el 29 de noviembre de 1944, una destacada personalidad de la Salud Pública de Cuba y del Mundo, acostumbrada a enfrentar y vencer las dificultades que a todos los seres humanos la vida nos coloca en nuestro andar haciendo caminos durante nuestra existencia dondequiera que nos encontremos.

La doctora María Amparo Pascual estudió la carrera de Medicina y al respecto ha dicho lo siguiente: "Soy una persona afortunada, pues después de cumplir mi servicio social como médico tuve la oportunidad de estudiar y ser la primera especialista en Bioestadística de mi país. (...) Mayormente enfocada a la Metodología de la Investigación, a elevar el rigor científico de las investigaciones, a la organización de la ciencia en la salud pública de Cuba y en los últimos 30 años dedicada a los ensayos clínicos, inicialmente en el campo de la oncología y después en todas las especialidades".

Sobre sí misma, María Amparo ha afirmado que es una “mujer que cree saber lo que quiere, que es constante y sobre todo persistente. Lo que he logrado ha sido producto del esfuerzo y la capacidad de convocar a un colectivo de trabajo, más que de un talento en especial. Siento que me falta mucho por lograr pero estoy muy satisfecha con la vida, tengo mucha fe en el futuro, valoro enormemente el presente (...) y no me alcanza el tiempo nunca".

Lo cierto es que la Historia recoge en sus páginas que a lo largo de la década de 1980, investigadores cubanos en el campus de la biotecnología del país conocido como el Polo Científico, estaban haciendo descubrimientos innovadores y comenzarona desarrollar terapias y vacunas únicas que no estaban disponibles en otras partes del mundo. El ritmo y el nivel de innovación significaron priorizar el establecimiento de un instituto dedicado y certificado internacionalmente para ensayos clínicos.

Así, la voluntad política y su concreción en sinergismo con el poder de la persistencia hicieron que el 30 de noviembre de 1991, fuera fundado el Centro Nacional Coordinador de Ensayos Clínicos de Cuba (CENCEC), un organismo de investigación e innovación tecnológica encargado de la evaluación clínica de productos farmacéuticos, naturales y biotecnológicos, y que la doctora María Amparo Pascual López fuera su directora fundadora desde aquel día hasta el año 2014.


Ser la fundadora y directora de una organización científica por más de 20 años que trasciende el ámbito nacional, y no haber estudiado cirugía como era la intención de la doctora María Amparo al graduarse, lo que le hizo explorar un mundo maravilloso en laCiencia, fue una decisión afortunada sin lugar a dudas para los miles y miles de pacientes de Cuba y de diferentes partes del orbe que se han beneficiado con los resultados del CENSEC.

En 2011, la Organización Mundial de la Salud (OMS) acreditó el registro público cubano de ensayos clínicos, una base de datos que el CENCEC creó con ayuda de la red de salud cubana. La OMS destacó "que la isla dispone de un registro a la altura delas exigencias internacionales". Cuba "constituye un ejemplo para la región americana"se expresó en el informe.

Nadie puede poner en tela de juicio, que la doctora María Amparo Pascual, bioestadística, investigadora y profesora, fue una sobresaliente fuerza impulsora detrás del diseño y el establecimiento del Centro de Coordinación de Ensayos Clínicosde Cuba (CENCEC, que comenzando en un local modesto y discreto, ha llegado a poseer una impresionante edificación recientemente inaugurada.

Nadie puede dudar, tampoco, que desde su mismo comienzo bajo la conducción de la doctora María Amparo y su formidable equipo de trabajo, el centro implementó buenas prácticas clínicas (GCP) reconocidas internacionalmente, creó la Red Nacional, apoyó los ensayos de América Latina por sus logros, comenzó a otorgar títulos de maestría y doctorado en ensayos clínicos; inició un sistema de gestión de calidad para todos los ensayos (que recibió la certificación ISO 9001 en 2008) y creó el Registro Público Cubano de Ensayos Clínicos, un Registro Primario bilingüe acreditado por la OMS, el primero en las Américas, entre otros significativos aportes a la Salud Pública de Cuba y del Mundo.

Merecedora de reconocimientos nacionales e internacionales, autora de numerosas publicaciones, profesora de pregrado y postgrado en universidades cubanas y extranjeras, investigadora titular, profesora invitada en universidades de diferentes países, conferencista, mujer consecuente con sus ideales en todo momento, resumir en breves cuartillas la vida de la doctora María Amparo es harto difícil.

En 2013, BBC News reconoció a la doctora Pascual como una de las 10 mujeres científicas más influyentes que lideran la ciencia en América Latina. En una parte del artículo, le preguntan sobre lo mejor de ser mujer y ella contestó: "Primero, ser mujer me dio la posibilidad de ser madre de una hija maravillosa y que siguió el ejemplo de su madre, padre y sus abuelos. El reto que debo enfrentar cada día, solo por el hecho de ser mujer, ya que no siempre se encuentra la misma comprensión y esto hace que nos crezcamos en lo que hacemos".

Cuando el 19 de mayo de 1861 quedó dignamente inaugurada la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, el sueño de un joven galeno cubano de 25 años de edad, el doctor Nicolás José Gutiérrez Hernández, que en igual fecha de 1826 realizó la primera solicitación del real consentimiento para crear una academia médica y “Legar a mi patria una institución útil, provechosa, necesaria”, comenzaba a hacerse realidad.

A más de 150 años de aquel discurso inaugural del electo Presidente fundador doctor Nicolás José Gutiérrez Hernández, entonces con 60 años de edad, se distinguieron enél dos extraordinarias dimensiones: una, la del médico que trasciende como interfase generacional entre el pensamiento de Romay y la obra de Finlay, a lo que habría que añadir sus propios aportes en la cirugía y en la introducción de diversas técnicas y procederes médicos. Y otra, como renovador y promotor de una ciencia de raíz nacional, a la que aportó su indiscutible liderazgo, su persistencia, y la capacidad organizativa que le permitió centrar a un núcleo de colosales científicos del siglo XIX —Albear, Finlay, los González del Valle, Gundlach, Luz Caballero, Poey (padre e hijo), Reinoso, Saco, Viñes, Zambrana…—, y reunirlos en un solo cuerpo académico, la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, la primera de Cuba.

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