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17 junio 2019

La niebla errante

—¡Deja de llamarme de una maldita vez! Llegaré a casa cuando termine —le grité a mi mujer. Era la tercera vez que lo hacía en la última media hora—. ¡Qué leviatanes es eso! —exclamé, interrumpiendo de forma abrupta la conversación con mi esposa.
—¿Qué ocurre, cielo? —me preguntó en tono de preocupación.
—La niebla, no veo nada. Ha aparecido de pronto.
—¡Detén el camión… —Fue lo último que oí antes de que la conversación telefónica se viera interrumpida—. Siri, llama a Elena —dije en voz alta, sin embargo, la aplicación no respondió.

Me vi rodeado por una espesa niebla; apenas si veía a menos de un metro aproximadamentede mi camión. No podíapasarme esto a tan solo un kilómetro de casa. Apenas si se vislumbraban las vallas que rodeaban el camino, en cambio, el maizal había desaparecido por completo. Un fuerte olor a metano inundó la cabina. ¿De dónde venía ese olor? Sin duda, lo peor de todo era el silencio, me tenía alerta, pendiente de cada pequeño detalle que ocurría a mi alrededor. ¿Dónde se habían metido los pájaros? La niebla tampoco se movía, parecía como si alguien estuviera jugando con el paso del tiempo.

De pronto, sentí un fuerte golpe en la cabina del vehículo que me obligó a apretar el pedal del freno, la luna frontal estalló en mil pedazos, me aferré con toda mi fuerza al volante hasta que me detuve por completo. Empecé a oler a quemado y al instante, una llamarada comenzó en el asiento del copiloto. Salté fuera del camión, justo a tiempo, antes de que este se envolviera en una bola de fuego. En el suelo, delante de donde me encontraba, estaba la causa del impacto: una vaca yacía muerta. Comencé a andar instintivamente cuando una incipiente corriente de aire apareció de la nada, haciendo girar la niebla, rodeándonos, convirtiéndose en un tornado de fuego al rozar las llamas. En un instante, todo comenzó a arder; las ráfagas de fuego se me acercaban cada vez más, abrasándome la piel. Me dejé caer al suelo hecho un ovillo, escondiendo la cabeza entre las rodillas y cerré los ojos convencido de que había visto por última vez a mi mujer.

¡Maldita sea! Llegaré a casa cuando termine. Cómo he podido decirle eso, era la tercera vez en media hora. Es muy pesada, pero estaba emocionada, quería contarme algo. ¿No estará embarazada? ¡Oh dios mío! Es eso, seguro. No voy a conocer a mi hijo. Cómo he podido gritarle, va a ser lo último que recuerde de mí. Seguro que me odia y mi hijo va a nacer odiandoa su padre. Lo hará sin ni siquiera haberle castigado. Ya echo de menos poder acariciar su manita y que él me apriete el dedo con los suyos. Voy a perderme la primera vez que abra los ojos y me mire. Voy a perderme todos tus primeras veces: tu primera sonrisa, tu primer abrazo, tu primer “papa”, tu primera novia... Aún recuerdo el día que conocí a tu madre, sentada en las escaleras de su casa. Todavía llevaba dos coletas, un chupa chups en la mano y un vestido de princesa. Siempre ha sido la mía, aunque lleves un mono de obra y tengas tierra en el pelo o pintura en tus manos. Te quiero cuando te hago enfadar con mis despistes, te quiero cuando te hago reír con mis locuras, te quiero cuando te hago llorar con mis chistes malos,… te quise desde que eras esa niña que soñaba con ser princesa hasta el día en que te convertirte en la mía. Te quiero mi bella Elena.

Sin embargo, el viento cesó y el calor también; abrí los ojos, en el último momento, para ver como el tornado de fuego se disipaba como si un aspirador gigante lo succionase desde arriba.

Aunque, algo no encajaba. El camino no tenía restos del incidente, las vallas estaban intactas y el maizal, que alcanzaba el metro de altura, no estaba quemado y se agitaba suavemente como si nada hubiera pasado. Me puse de pie y me dirigí hacía el camión para poner en evidencia que no había rastro de la vaca y el cristal no estaba roto. Un mugido hizo que me girarse, para comprobar que el rumiante me observaba fijamente a escasos metros detrás de mi. ¿De dónde había salido? No estaba ahí segundos antes. El piar de los pájaros había vuelto y volvía a oler a tierra mojada. Me rasqué la frente; no había sudor en ella. Seguiría allí parado, si mi mujer no me hubiera llamado al móvil.

—Te quiero —le dije nada más responder la llamada.

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